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9.3.11

Incaa Tv emitirá el documental Tinta Roja


Tinta es un documental que tiene por tema no las noticias policiales sino quienes las fabrican, un grupo de periodistas, uno de los que brinda su testimonio es Martha Ferro, cuyo humor corrosivo tiene como contrapartida un escepticismo existencial que con la mirada puesta en la ambigüedad del discurso periodístico, manipulan y explotan el dolor, la muerte y el miedo ajenos.


Créditos:
Dirección: Carmen Guarini y Marcelo Céspedes
Guión: Carmen Guarini, Jorge Goldemberg y Marcelo Céspedes
Fecha de Estreno: 19 de marzo de 1998
Argentina, Duración: 70 minutos, Color, Apta para todo público

Equipo técnico:
Producción ejecutiva: Marcelo Céspedes e Inger Servolin
Fotografía: Livio Pensavalle
Montaje: Carmen Guarini y Claudio Martínez
Sonido directo: Horacio Almada
Asistente de montaje: Nadina Fushimi


Horarios:
10 marzo, 2011
22:00 a 23:40.

11 marzo, 2011
3:00 a 5:00.
8:40 a 10:20.
13:40 a 15:20.
18:40 a 20:20.

13 marzo, 2011
15:20 a 17:00.

16 marzo, 2011
23:40 a 23:50.

17 marzo, 2011
5:00 a 7:00.
10:20 a 12:00.
15:20 a 18:40.

19 marzo, 2011
15:20 a 17:00.

7.3.11

Ataque poético: Martha Ferro


La periodista Martha Ferro, histórica figura del diario Crónica y creadora del policial tramontina falleció en febrero de este año. Si querés enterarte más de quien era esta especial persona te invitamos a leer la nota que aparece en Block de notas 1.0.
Pero Ferro también era poeta fuertemente influida por los poetas beats, al decir de Maria Moreno este Blues de Nueva York es un homenaje al aullido de Allen Ginsberg.


Blues de New York
Los largos días de la nieve con la taza de café y los sueños que empezaban cuando abría
la ventana para mirar a la calle y a las verdulerías.
Porque siempre a las 10 de la mañana hacia el invierno buscaba fósforos para freír
mi espinaca con cebolla y escribirle a todos
y recordar a mi abuela con su delantal gris y sus vestidos
negros símbolos de su tristeza vasca.
Algunas veces barriendo mi piso verde
y tratando algunas veces de acomodar mis pantalones con olor a ciudad
o a cowboy vencido después de la
conquista del oeste cuando llegaron las bicicletas
y alguien descubrió la luz eléctrica.
Entonces ventanas enjauladas de new york donde todavía quedan recuerdos de Rusia,
de Irlanda, y de Italia en las sopas callejeras que venden los herederos de los que
creían en la esperanza, antes y después de que Charlie Chaplin cayera golpeado por la paranoia de los rubios contra los alegres
Ciudad que se apolilla y se acucarachea mientras Brooklyn se acerca por los puentes
Ciudad donde encontré botas y besos dulces cuando eran los días tristes
y encontré empujones y golpes
y malos sueldos
y dolor de cabeza
y memorias de anarquistas vencidos.
; después las plazas con viejos, con los viejos que tienen todas las plazas
; después las calles con perros que van a restaurants y gatos que heredan millones de
dólares
; después los bomberos apagando incendios
; después mi vecina irlandesa vieja y borracha pegándole a una muñeca que oscilaba sin
lengua en el cielo raso, y abajo el olor a orín de las escaleras
después paredes que me espiaban cuando apretaba a mi cabeza entre mis rodillas llorando
; pero también el cielo con las membranas de la muerte y un barco con precio y oficinistas
que cruzan el agua hacia staten island
También las huelgas de alquileres,
el descubrimiento de que la cucaracha es un a animal milenario que no cambia, que sigue
existiendo,
que resiste venenos
que camina en sábanas
que camina en mis sueños.
Después las lavanderías y los supermercados
y los nuevos dioses que llegan de la india para salvar almas para salvar almas...
Tachos de basura con cucharas de plata y putas engordadas en las esquinas más solas
y los chinos con su arroz y sus salsas con precios baratos y olor a cansancio
Propagandas con paranoia y calma química para la intranquilidad
calma mezclada con tratamientos y cupones de comida.
Pero también la luna roja de Manhattan
y el sol verde algunas veces hacia el amanecer, en el río.
como el ajo y la pimienta en los huevos fritos
como las velas y las escaleras que siempre se suben,
como el miedo
como los policías disimulando tranquilidad
como la alegría de las ardillas en el invierno
como los antiguos sonidos del jazz que vuelve y desaparece en la historia del algodón
como los ghettos repitiéndose y cayendo
y otra vez la luna en el silencio de los ruidos ruidosos ruidosamente callados
luna siempre hacia el invierno con mi equinoccio de espinacas fritas y los dedos de mis
manos comprando café para olvidar al frío.

La Sangre de luto


El diario Página/12 incluyó el domingo en el suplemento Radar una serie de notas sobre Martha Ferro, la histórica periodista de Crónica recientemente fallecida. Aquí va la nota central escrita por María Moreno que se completa con otros materiales que se pueden encontrar en la web del diario



Martha Isolina Ferro murió a medianoche entre el día viernes 25 y el sábado 26 de marzo. La precisión del dato, que me acercó su amiga Adriana Carrasco, no es forense, aunque tratándose de la más entrañable cronista de policiales que quedaba, no desentona, sino porque a ella le hubiera gustado esa precisión: era astróloga.
Todo el mundo cree que Martha Ferro nació en Olavarría. Pero no, era porteña. Lo que pasa es que Olavarría era una ciudad que se le impuso desde que, cuando era chica, vio en medio de la plaza una rayuela que había dibujado la militante montonera Norma Arrostito, como ella, una muchacha de mala conducta.
Cuando estaba en Buenos Aires Martha nunca estuvo muy lejos de La Boca, adonde formó a por lo menos tres generaciones de titiriteros. Decía que era para sacar pibes de la pasta base o del cartón por peso: usaba los clásicos de papel maché, nada de goma eva.
Trabajó en La Voz, ¡Esto! y Crónica. Fue militante del PST –en donde dirigió la revista de género Todas–, activista gremial, maestra titiritera y protagonista del documental de Carmen Guarini Tinta roja. El honor mayor que reconoció haber recibido fue que se bautizara Martha Ferro a una biblioteca infantil y juvenil de la calle Necochea.
Hasta aquí la necro oficial. Ahora, Martha ¿podemos empezar la joda?
En su ficción autobiográfica no falta el tradicional mito de origen: “Yo ya de chica hacía notas denunciando al almacenero que vendía menos de lo que tenía que vender. Hicimos todo un operativo de inteligencia con mi hermana y otra piba. Publicamos una hoja en mimeógrafo. Y fue un problema porque el tipo fiaba”.
No leía novela negra, vivía en novela negra.
En ¡Esto!, cuando la dirigía Pancho Loiácono, cubrió el caso Giubileo con la fotógrafa Cristina Fraire. “Que a la Giubileo Dios la tenga en la gloria pero que nunca aparezca el cuerpo, pensábamos, porque vivíamos de ella: acá compraba medialunas, acá se hizo el Papanicolau, hicimos chiquicientas notas”, se jactaba.
Loiácono le enseñó a mirar la escena del crimen: como en las novelas negras, un pucho apagado o una boleta de la tintorería podían llevar hasta el criminal, mejor que los pesquisas de la Federal a los que ella llamaba las SS.
Martha inventó un estilo en la tradición de los grandes cronistas populares como el Eduardo Gutiérrez de Hormiga Negra y los radioteatros de Juan Carlos Chiappe (alguna vez me contó que le hubiera encantado titular en verso como él: “Por las calles de Pompeya llora el tango y la Mireya”. Sus poemas neoyorquinos eran el secreto de pocos (el que se publica hoy es una especie de “Aullido” canyengue). Se explicaba: “Antes escribía los policiales tipo Agatha Christie, pero después volví a mis orígenes porque la gente dice cuando cuenta un crimen ‘no, no me mate, se lo pido de rodillas’, pero se murió parada porque no pudo hincarlas”.
Como titulera de la revista ¡Esto! fue original: cuando se encontró con un pato que estaba parado en el féretro de un asesinado y no dejaba pasar a nadie sin que lo picara, tituló: El pato gay. El cuento de ella que más me gustaba era el de la travesti Carmelita Valenzuela: “Carmelo Valenzuela era un tipo que tenía su pareja pero su pareja era un taxi boy. La madre del taxi boy no sabía que Carmelita era Carmelo: entraba a la pieza y estaba chocha con la chica que había conseguido su hijo porque cocinaba, planchaba, baldeaba todo con lavandina. Carmelita había venido de Corrientes porque ahí no la soportaban. En Rosario no le fue bien y pidió trabajo en un frigorífico. Cuando llegó, todos se le cagaron de risa entonces ella dijo que iba a trabajar un mes gratis e iban a ver que podía. Le dijeron que sí y de paso los muchachos se divertían un poco. Carmelita levantaba la media res sobre un hombro y llegó a ser delegada. Iba a trabajar con tacos altos y era muy respetada en el gremio de la carne. Un día el taxi trae a una pareja homosexual para que hagan la fiestita. Entonces Carmelita lo mató. Adiós tacos y pollera con tajo. Cuando la llevaron en cana lo único que pedía era que la dejaran pintarse los labios antes de que la vieran de varón. A ese lo visité en Olmos, después lo perdí porque lo mandaron a Sierra Chica.” Cuando escribió la nota Martha había titulado El travesti cuchillero, el guapo que a Borges le faltó conocer.
No era populista, era popular: en el diario “firme junto al pueblo” en donde podía hacerle la carta natal al chorro redimido, en La Boca en donde se metía con los barrabravas cuerpo a cuerpo, en el Nueva York de los hipsters latinos y de la droga arty pero también de la política que exige jugar al truco con una camiseta con la cara de Trotsky.
Su amiga Graciela Fernández dice que la conoció así: “Se materializó en los pasillos de la estación Grand Central con una capa y sombrero de mosquetero feliz. Se había mandado a NY impulsada por Allen Ginsberg y los long-plays de The Mamas and The Papas. Me acuerdo de su inglés del principio: apenas tenía el vocabulario absurdo de los libros de Molinelli Wells. Llegó, padeció una estadía en el Alton Hotel para desocupados donde algunos negros lumpen la acosaron. Disfrutó encuentros múltiples con Mary, Peggy, Betty, Julie, rubias de NY”.
Una noche de hace cinco años, Graciela Fernández y yo le hicimos, en el casino flotante de Puerto Madero, la remake de Rubias de Nueva York a ese Gardel beat y mina que era Martha. Había cobrado parte de la indemnización de Crónica y nos dio dos lucas a cada una con la recomendación: “No se guarden nada como perejilas y, si arrugan, no traigan vuelto. Si ganan, hablamos”.
Yo perdí mil, guardé otros mil y los usé en algunos viáticos para un documental sobre los presos políticos de Coronda: arrugué pero seguí el estilo de la dadivosa que esa noche se tomó varios gin tonic, se enamoró de una florista del cementerio de Chacarita y ganó pero no se fue hasta que perdió y a las tres de la mañana aceptó un remise sin dejar de hablar de la florista. Al día siguiente se despertó enamorada de otra. Venía zafando del cáncer y, fuera del diario, conservaba el estilo de dandi fuyera, astróloga y zurda.
Graciela Fernández dice que dejó dicho que sus cenizas fueran esparcidas entre Buenos Aires, Olavarría y Nueva York: “Ahí por primera vez podía ser quien era, adherir al feminismo radicalizado sin perder su fidelidad a la cocina criolla: bocadillos de espinaca impecables y radioteatro que hacíamos en casa de un colombiano: diferentes versiones de Margarita Gauthier. Vivió en el ghetto de Connecticut trabajando a favor de la infancia puertorriqueña más desmadrada que los chicos negros protegidos por los Panthers, superstars del momento. Fue comandante de las Rent Strikes (huelgas de alquiler) de la calle 6 entre la Primera y la Segunda. Era la más solidaria, la que todos visitábamos, la que rescató a Héctor Libertella después de un asalto y fueron juntos a visitar la casa de Kerouac. Andaba vestida de Trotsky, a veces de Colón. Enviaba mescalina por correo a los amigos porteños y muchas veces nos lavaba los sweaters a todos”.
Esa era Martha Isolina Ferro.