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15.2.14

Bertolt Brecht habla de la radio


Bertolt Brecht (1898-1956), poeta y dramaturgo alemán escribió en 1932 “Teoría de la radio”, algunos de cuyos párrafos se citan habitualmente para referirse a las posibilidades de transformar la radio en un verdadero medio de comunicación.“Una propuesta para cambiar el funcionamiento de la radio: hay que transformar la radio, convertirla de aparato de distribución en aparato de comunicación. Brecht fue uno de los primeros intelectuales que le prestó atención a la aparición de este nuevo medio. Les dejamos este texto incluido dentro de ese libro.

Recuerdo cómo oí hablar por primera vez de la radio. Fueron noticias irónicas de periódico sobre un huracán radiofónico en toda regla, cuya misión era arrasar América. Pero, como todo, uno tenía la impresión de que se trataba de un asunto no solamente de moda, sino realmente moderno.

Esta impresión se esfumó muy pronto, cuando nosotros también tuvimos ocasión de escuchar la radio. Al principio, naturalmente uno quedaba maravillado y se preguntaba de dónde procedían aquellas audiciones musicales, pero luego esta admiración fue sustituida por otra: uno se preguntaba qué clase de audiciones procedían de las esferas. Era un triunfo colosal de la técnica poder poner por fin al alcance del mundo entero un vals vienés y una receta de cocina. Como quien dice a mansalva.

Cosas de la época, pero ¿con qué objeto? Recuerdo una vieja historia en la que se quería demostrar a un chino la superioridad de la cultura occidental. El chino preguntó: “¿Qué tenéis?” Le dijeron: “Ferrocarriles, automóviles, teléfono.” “Siento tener que decirles – replicó el chino cortésmente – que esto nosotros ya lo hemos vuelto a olvidar.” Por lo que a la radio respecta, tuve en seguida la terrible impresión de que era un aparato incalculablemente viejo, que quedó relegado en el olvido por el Diluvio Universal .

Tenemos la vieja costumbre de ir siempre al fondo de todas las cosas, incluso cuando se trata de risas callejeras más insulsas, si no hay otra cosa. Hacemos un consumo descomunal de cosas cuyo fondo podemos examinar. Y tenemos muy pocas personas dispuestas a renunciar a ellas en el caso dado. El hecho es que siempre nos dejamos dar en las narices por posibilidades. Estas ciudades que ven ustedes levantarse por doquier, han cogido sin duda de sorpresa a una burguesía completamente agotada, gastada por hazañas y fechorías. En tanto esta burguesía las tenga en la mano, serán inhabitables. La burguesía las estima simplemente teniendo en cuenta las perspectivas que lógicamente puedan ofrecer. De aquí la sobrevaloración exorbitante de todas las cosas y no “sólo de las organizaciones que encierran “posibilidades”. Nadie se preocupa de los resultados. Se ciñen simplemente a las posibilidades.

Es un mal asunto.
Si creyera que la burguesía ha de vivir todavía cien años, estoy convencido de que estaría cien años desbarrando a propósito de las inmensas posibilidades que encierra, por ejemplo, la radio. Aquellos que valoran la radio, lo hacen porque ven en ella una cosa para la cual puede inventarse “algo”. Tendrían razón en el momento en que se inventara “algo” para lo cual se tuviera que inventar la radio, de no existir ya. En estas ciudades todo género de producción artística empieza con un hombre que va al artista y le dice que tiene un salón.
Acto seguido el artista interrumpe el trabajo que habla emprendido para otro hombre que le dijo que tenía un megáfono. Pues la profesión de artista consiste en encontrar algo que justifique luego la construcción hecha sin reflexión de un salón o un megáfono. Es una profesión difícil y malsana al proprio tiempo.

Deseo vivamente que esta burguesía, además de haber inventado la radio, invente otra cosa: un invento que haga posible establecer de una vez por todas lo que se puede transmitir por radio. Generaciones posteriores tendrían entonces la oportunidad de ver asombradas cómo una casta, a la vez que haciendo posible decir a todo el globo terráqueo lo que tenía que decir, hizo posible también que el globo terráqueo viera que no tenía nada que decir.

Un hombre que tiene algo que decir y no encuentra oyentes, está en una mala situación. Pero todavía están peor los oyentes que no encuentran quien tenga algo que decirles.

9.8.12

Casa de citas. Alejandro Dolina habla de la magia de la radio


Revisando librerías de saldo me encontré con un libro del periodista de rock Sergio Marchi dedicó a uno de sus amores: la radio. Para los que nos formamos con ese medio y amamos el lenguaje radial, la recorrida que plasma Marchi en Cinta Testigo es la de los protagonistas de la radio en Argentina en los últimos cuarenta años. En primera persona desfilan entre otros entrevistas a Lalo Mir, a Vernacci, a la Mancuso, a Cerasuolo y muchos otros más. Todo matizado por anécdotas personales de Marchi como oyente y como protagonista de la radio argentina.
Es una lástima que el libro no sea más publicitado y que haya ido a parar a los saldos pero es altamente recomendable para los que les interesa la historia de este medio o para los que quieran aprender de los que hacen la radio.

En Cinta testigo hay una entrevista a Dolina que se despacha contra lo que algunos llaman "la magia de la radio". De ahí viene esta cita.

"¿Magia de la radio? Algunos creen que es una magia que consiste en la percepción incompleta del fenómeno artístico. Suele decirse que como uno no ve lo que está sucediendo, entonces se lo imagina mejor de lo que es. Esto admite muy serios reparos. Llevar este pensamiento a su expresión más completa equivaldría a decir que el mejor hecho artístico sería cuya percepción es nula, porque entonces la imaginación podía cubri no sólo un tramo del hecho sino todo el hecho. Entonces ya que nos gusta oir a una persona pero no verla, podríamos mejorar esta ilusión y acrecentar la magia apagando la radio, ya que la radio apagada sería el summun de esta magia y la magia sería completa. Cuando uno dice que hay que dejar que el lector, que el espectador o que el oyente completen con su imaginación el hecho artístico, está diciendo lo siguiente: está diciendo que es necesario, como pedía Coleridge, interrumpir la incredulidad y ponerse en etado de fe poética, pero no está diciendo que el oyente tiene que escribir el tercer ato. No está diciendo eso; eso es tenerle mucha fe al oyente. Pedir que el oyente suplante a Shakespeare es pedirle mucho. Lo que sí creo es que todos los géneros tienden a convertir las dificultades de su percepción en una virtud expresiva. Por ejemplo, el teatro: como no puede presentar escenarios naturales, como no puede cambiar la escenografía instantáneamente, como no nos puede dar una persecución en el sentido cinematográfico, apela a una serie de trucos que son el idioma, pero también las elipsis. Y crecen unos recursos teatrales de extraordinario efecto, que si no fuera por la dificultad de poner una historia que ha sucedido en distintos lugars en ese rectángulo, no habrían florecido. Con la radio lo mismo; la radio es un caso de ausencia imperfecta. Estamos pero no estamos. Está solamente nuestra voz, y esa que es al principio una dificultad viene a ser el disparador de extraordinarias ideas que incluso no funcionarían en un escenario y no funcionarían si lo viéramos, o funcionarían peor. Eso sí, admito, puede ser la magia de la radio, como existe la magia del teatro, e incluso hasta la magia del cinematógrafo, que tampoco tiene un poder ilimitado. Y también las dificultades del cine se convierten en disparadores de un lenguaje cinematográfico mucho más rico y sugerente y lleno de elipsis, pero también de metáforas, de metonimias y de reemplazos y de sustituciones, que después de todo son el arte"

Marchi, Sergio. Cinta testigo. Ed. Sudamericana, 2002